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domingo, abril 01, 2007

mente

Abracé el árbol como me indicó.

No logré abarcar todo el grosor por mis brazos cortos y por eso temí que huyera, que lo arrancara de raíces y me dejara sola...

El, ya no estaba

Solo eramos el árbol y yo. Las piernas me empezaron a temblar; primero poco y luego aumentaba y aumentaba, me estaba ahogando al mismo tiempo.

Cerré los ojos y traté de controlar la debilidad de mi cuerpo, pero sólo lo logré en el lapso en que una gota de sudor mío tardó en recorrer frente, mejilla, labios, barbilla y luego el precipicio hasta el suelo.

Escuchaba el tambor en mi pecho acelerarse, la falta de aire rasguñar mis pulmones y mis piernas rendirse, pero no solté el árbol.

Eso me garantizó la vida mientras todo alrededor se desplomaba.

El árbol y yo, fuimos lo único que quedó en pie flotando en la nada, mi nada.

MIA.

3 comentarios:

Cristibel dijo...

Entonces no hay qué temer... ARBOL:VIDA, VIDA:ARBOL. No necesitás nada más.

Saludos.

Cuidame a La Chaskañawi. Supongo que algún día nos volveremos a ver las 3.

Pater Noster dijo...

Que imagen!!

a lo largo de la vida, siempre hemos tenido un árbol, distinto pero siempre algo que nos mantenga con los pies en la tierra, mientras que el mundo se derrumba.

Contundente figura.

Saludos desde Merida la Mejicana

Ariel González Dévoli dijo...

No estás sola, tenés tu árbol. Eso salva a la imagen de ser tremenda.